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PASEO POR EL SEMINARIO DE BARCELONA
Domingo Cía Lamana
Comencé a formar parte del seminario privado sobre la filosofía de Eugenio Trías, en el curso ya iniciado de 1996, posiblemente al acabar de leer mi tesis doctoral, que el mismo Eugenio había dirigido. Pero cuando yo llego, el seminario –formado por profesores de Filosofía de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona– ya tenía por lo menos seis años de vida.
Allí me encontré con Fernando Pérez-Borbujo, posible cofundador y estímulo permanente del seminario, digo cofundador porque José Antonio Rodríguez Tous también lo fue, hasta que en 2006 se traslada a Sevilla y el seminario pierde el animador inteligente y ocurrente que hacía reír a carcajadas a Eugenio, al tiempo que nos interpelaba a todos. Eran miembros del seminario en aquellos años, los profesores Jordi Ibáñez y en alguna reunión participó también Amador Vega.
También acudía Radamés, un alumno doctorando de Eugenio, de origen cubano pero afincado en Barcelona y dedicado profesionalmente a los servicios editoriales. Algo más tarde aparecerá Daniel Atala y otro doctorando mexicano Cresenciano. Mexicanos también son Eligio y Nora, que además han sido participantes activos, incisivos y constantes. Toni Comín siempre ha sido miembro intermitente que llegaba tarde y se iba corriendo a participar en alguna reunión del Parlamento de la Generalitat del que era miembro. Las inseparables Raquel Luzárraga y Ana Elena –la alumna sueca de Eugenio–; ésta última invitó a todos los compañeros del seminario a una memorable cena en su dúplex recién remodelado en Ciutat Vetlla. Fue memorable, entre otras razones, porque abrió la costumbre de acabar los seminarios con una cena que celebramos en diferentes restaurantes, próximos al domicilio de Eugenio donde tiene lugar las reuniones. En estas cenas siempre hemos tenido la grata compañía de Elena, la amada esposa de Eugenio.
Por aquellos cursos de 1996 irán llegando otros alumnos y admiradores de Eugenio: Arash Arjomandi, que se va a doctorar años después con una tesis sobre el mismo Eugenio Trías: Razón y revelación, extraordinaria investigación que mereció comentarios en el mismo seminario por parte de Eugenio debatiendo con Arash, y que logró la nota máxima académica de cum laude por unanimidad. Algo más tarde se incorporaron Félix Pardo, así como Anna Puig y Guillermo provenientes de la Escuela de Arquitectura, y Roberto, también arquitecto. Alumnos de Trías también han sido Jacobo Zabalo, Miriam Paulo. María Lynch y Gil García eran grandes admiradores de Trías. Mercedes Casanovas y Miriam Tey han promocionado editorialmente las obras de Eugenio y han asistido a muchas sesiones del mismo. Y, a lo largo de todos estos años, han ido apareciendo en el seminario, de forma más o menos esporádica, muchos otros admiradores y lectores de Eugenio de los más diversos ámbitos o sectores.
El seminario, contemplado hoy, en el 2010, ha recorrido varias fases o capítulos, que guardan una intención siempre presente: estar cerca del pensamiento, producción y persona del maestro. Eugenio para todos nosotros ha sido eso: el maestro que teníamos siempre delante y que tratábamos de comprender, criticándolo y admirándolo al mismo tiempo. Prácticamente en casi todas las reuniones nos acercábamos hacia alguna orilla donde encontrábamos la perplejidad necesaria para poder comprenderle.
La película del seminario y todas las sucesivas secuencias que allí se vivieron tendrán tantas interpretaciones como espectadores éramos; pero hay un detalle significativo: no había guión previo; cada uno de los participantes, nos hemos convertido en personajes de esa misma película. Nos pasó como, dicen, sucedió en la película Casablanca; fuimos haciendo el guión entre todos; eso sí, sabiendo que sólo era uno el protagonista que nos presidía todas las reuniones. Eugenio asumía un doble papel: el de espectador oyente y el rol que indiqué de director de la película, de la que iba a resultar ser dueño del guión y protagonista. Como oyente recibía impasible cualquier cita incompleta o confusa de sus libros, pero Eugenio saltaba solamente cuando alguien se atrevía a compararlo con otros creadores, como por ejemplo Kant o Heidegger. En el fondo Eugenio, en cada una de las sesiones celebradas, y en cada una de las tomas que había que recoger de esta película, quería dejar claro la originalidad de su creación y parecía ser consciente de que el grupo que formábamos el seminario nos podíamos convertir en receptores privilegiados de sus intenciones filosóficas.
Me referiré ahora, para ejemplificar lo dicho, al tratamiento que en el seminario hicimos sobre el punto axial de la filosofía de Eugenio Trías: el límite. Me referiré a la presentación que nos hace del mismo, a la recepción y debate que provoca, hasta la comprensión y aceptación del mismo. Recuerdo que en esta presentación acudíamos de muchas a maneras a lo que nosotros habíamos entendido como límite en Kant y a compararlo con él; el maestro corregía en parecidos términos a los que ahora apunto.
El límite en Kant, nos decía Eugenio, tiene un sentido y aplicación negativos, restrictivos: el noúmeno es un concepto límite; pero los límites en Kant marcan la capacidad que pone la razón para fundar ámbitos de certeza indudables. Por ejemplo, lo “trascendente” o la “trascendencia” de la que habla Kant no traducía en absoluto el “enigma” que se esconde en el más allá del límite de Trías, y así llegábamos a la conclusión de que Eugenio intentaba salvarnos del “agnosticismo” al que nos llevaba Kant con su noúmeno, inyectando el atrevimiento de acercar el enigma del límite aunque simbólicamente.
Construía Eugenio lo que podemos vislumbrar simbólicamente en el espacio del “aparecer” que Kant no contempla. Y es que Trías se ha opuesto continuamente en las sesiones del seminario a la pretensión monopolizadora de la razón ilustrada de Kant que destierra la religión al reino de las sombras, aniquilando el hechizo de las figuras del mundo y erigiéndose en el criterio único de legitimación.
De todas formas, la referencia a la filosofía de Kant descubría estas dos realidades en la filosofía de Eugenio que ahora comentaré.
En primer lugar, íbamos comprendiendo que Eugenio intentaba la construcción de una ontología como la tarea más propia de su pensar, especialmente en una época que se iba desentendiendo de la metafísica. Su trabajo ensayístico, anterior a la Lógica del límite era un exploratorio hacia una filosofía propia, pero era esta su verdadera intención. Y en segundo lugar, la idea de límite que se hace presente a partir de Los límites del mundo, pese a todo, se gestó a través de una apertura y diálogo con la filosofía de Kant, además de la de Nietzsche y Wittgenstein. Por otra parte Eugenio negaba siempre con cierta energía que su filosofía tuviera que ver con el estructuralismo, presente en la confección del modelo de la tabla categorial de la Edad del espíritu y que había estado presente en su La filosofía y su sombra. Nos indicaba que sólo de forma instrumental y como herramienta de trabajo (o metodológícamente) lo había tenido en cuenta en la confección de su filosofía del límite
Eugenio se ha referido repetidamente en las sesiones del seminario y en sus obras a las sombras para abrir, contracorriente, un espacio propio de filosofar y que se convierte en un concepto de especial relevancia dentro de su obra. Le sirve para dar cuenta de una amplia diversidad de realidades. Para él, y por contagio para todos nosotros que le oíamos, la sombra deja de significar un sistema particular que se rechaza o evita, traduciéndose como “no-saber”, para convertirse, en su filosofía, en el saber, hasta llegar a ser “la sombra de la cultura de occidente”. Nuestro maestro llegó a afirmar que la metafísica y la teología aparecerán en los discursos racionales propios de las sombras. Y, más sorprendidos todavía, constatábamos que la evolución que sufren las sombras acaba significando pasión. O, dicho de otro modo, la racionalidad –razón y acción racional– posee una raíz umbrática y pasional. En su exaltación de lo que podríamos llamar “pensamiento mágico”, muchos de los que le escuchábamos pudimos leer a principio de los setenta: La filosofía y su sombra, Metodología del pensamiento mágico, y Filosofía y Carnaval. Me atrevo a indicar que ya en la época de la publicación de estos libros van apareciendo los temas básicos que luego va a desarrollar en las grandes obras de los noventa, hasta llegar a lo que se dará en llamar filosofía del límite, y que Trías ubicará en el centro de su pensar.
Volviendo a Kant y apuntando su diferencia, nos indicaba Trías que él entendía el límite como apertura y acceso y no sólo como limitación, demarcación o barrera.
En aquellas reuniones comprendimos que el límite, generalmente tratado como “límite del conocimiento”, Trías le da una asignación metafísica: “el ser es límite” “el límite es el ser”. Podíamos hablar de una “ontología del límite”, como ser, como “logos”, y que fecunda la idea de razón que se convierte en “razón fronteriza” porque ha de acercarse al conocimiento del ser colocado en el límite. Tendría que ser la razón la que ha de demostrar o deducir las determinaciones o categorías, que Eugenio presenta en clave simbólica en La edad del espíritu, logrando de esta forma una teoría del conocimiento.
Recuerdo apasionados diálogos, cuando abundando en la racionalidad de la razón fronteriza, le indicábamos que, intentando superar el reduccionismo neopositivista del que nos hablaba, estaba proporcionando otra reducción de la razón. La discusión acababa cuando Trías afirmaba que él proponía otro tipo de razón, en otro espacio y con otra dinámica diferente. Cuando hablaba de razón fronteriza también hacía referencia al suplemento simbólico y llegaba así al triángulo sintético de su filosofía: ser del límite, razón fronteriza y suplemento simbólico.
Las discusiones tomaban aliento y llegábamos a la consideración del gran Heidegger, que a nuestro maestro –después de haberlo ponderado técnicamente- le parecía excesivamente pesimista,“existencial”; la filosofía de Trías quería ser una filosofía vital y asertiva.
El seminario nos sirvió para desterrar tópicos y fantasmas que por aquel entonces podíamos encontrar en críticas a la filosofía de Trías. La crítica de que su filosofía no era más que una copia de las intuiciones kantianas y de Heidegger, ya las hemos comentado. Otra crítica que se repetía era referente a que su filosofía era excesivamente metafísica y pesadamente sistemática. Yo mismo, de una forma un tanto precipitada, le indicaba que su filosofía no era narrativa, entendiendo por narración la capacidad de hablar desde la experiencia del sujeto de una forma no conceptual sino más cercana a las ficciones que usa la literatura o el mismo cine. Trías me demostraba, y yo reconocía, que sus escritos primeros de filosofía eran –así los calificaba él mismo- de relato, ensayísticas; por ejemplo, el Tratado de la pasión. Comprendidas y aceptadas estas razones, escribí por aquel entonces un artículo que se publicó en la revista Quimera: “El sujeto narrativo en la filosofía de E. Trías”. Por lo demás, caíamos en la cuenta que ser metafísico tampoco era ningún desdoro, sobre todo cuando un pensador se esfuerza en revolucionar el concepto del ser.
Otra referencia directa era sobre el posible ateísmo de Trías. La afirmación de su ateísmo pareciera expresa en su libro Filosofía del futuro, pero en los Límites del mundo hay un cambio importante a este respecto. Rovira Belloso, gran amigo de Trías y uno de los mejores teólogos de España, dice de su ateísmo ser un ateísmo metodológico. En Pensar la religión hay un capítulo que llama "El Dios del límite” en donde hay una personificación del Dios que impide hablar de ateísmo y de agnosticismo, pero también de adscripción a un marco institucional. Esta podía ser la impresión que nosotros sacábamos de los diálogos mantenidos sobre esta cuestión.
No intento personalizar sino aprovechar la ocasión para indicar que, fruto de las discusiones del seminario, fueron la producción de artículos y libros de los diferentes miembros del seminario. Por nombrar sólo libros, pues son innumerables los artículos aparecidos en revistas, indico la tesis de Arash, Razón y revelación, que ya nombré, y señalaría La otra orilla de la belleza de Fernando Pérez Borbujo; y también Eugenio Trías: el límite, el símbolo y las sombras de Rodriguez Tous y otros.
Como he dicho al principio, mi visión del seminario es muy fragmentaria, sería bueno fueran hablando el resto de compañeros y sumando así mas piezas a esta realidad que todavía sigue viva, gracias a sus componentes, pero sobre todo gracias a nuestro maestro Eugenio Trías a quien deseamos toda la salud del mundo. |