EL CLASICISMO DE KARL MARX

 

Los que poseemos todavía un vicio en proceso de extinción, que es la desmedida pasión por la lectura, sabemos que no es nuestra iniciativa o voluntad la que se dirige a los libros. Son éstos los que acuden a nuestras manos.
Sucede con los libros lo mismo que le sucedía a Mahoma con la montaña. De pronto uno se encuentra leyendo un libro que se le ha impuesto con sorprendente necesidad. Con frecuencia el libro en cuestión es el último que, medio año antes, hubiésemos imaginado que invadiría nuestro ánimo con su imperiosa presencia.
     ¿Quién me iba a decir hace pocos meses que me encontraría este otoño de nuevo con el texto del Capital de Karl Marx? ¿Quién me hubiera anticipado que de pronto me hallaría sumido y sumergido en una obra que es expresión de una inteligencia portentosa, pero que en razón de coyunturas diversas parecía hallarse sentenciado por la Historia o por la Post-historia?
     Este clásico del postromanticismo, o de las “ilusiones perdidas” del gran siglo romántico, es ante todo hoy, y lo será de hoy en adelante, lo que acabo de decir: un clásico.
Y los clásicos son como el río Guadiana: se esconden,  pero siempre vuelven a aflorar a la superficie, pues se los necesita de pronto, o se imponen más acá y más allá de modas, coyunturas o pasajeras corrientes de opinión. El libro clásico, el clásico en general (sea texto, objeto, imagen, icono o partitura) es, siempre, lo más parecido a un submarino: un objeto irritante para quien todavía concibe en términos convencionales la guerra intelectual, pero con el que hay que contar, pues de lo contrario hace estallar a todo aquel que no se percate de su irregular pero imperiosa presión.
Los grandes clásicos tienen siempre este carácter: nos acosan a través de su presencia hierática; pese a su carácter monumental siguen estando bien vivos. Algo de este carácter sucede con el más discutido y discutible de los clásicos de la Modernidad; quizás, por lo mismo, el que en el tiempo presente más necesario resulta para nuestra supervivencia. Y el que se halla más vivo quizás de todos; en parte por ser, todavía, motivo de alta controversia, de disputa, de desacuerdo.
     Para el caso el texto de Karl Marx en el que culminó toda su aventura de pensamiento: Das Capital, un nombre que es, también, un icono; como lo fue la tumba de su progenitor para aquel “caso clínico” que deleitó nuestra juventud cinematográfica (se llamaba Morgan, la película; el protagonista masculino de la misma asociaba Marx con King Kong; y la protagonista femenina era Vanesa Redgrave).
     Jacques Barzun, en su extravagante libro titulado Del amanecer a la decadencia (quinientos años de cultura occidental), sitúa como aventuras contemporáneas, formalmente emparentadas, la de Darwin con su Origen de las especies, la de Wagner (especialmente a través de su imponente tetralogía, cuyo tema es la maldición del anillo) y la de Marx en su obra culminante.
Los tres promueven una descomunal síntesis en sus respectivos dominios creadores, la biología, la música y la economía política, culminando una tradición en la que se inscriben: la idea de evolución ya emergente a finales del siglo dieciocho; la música romántica; la economía política centrada y cifrada sobre el trabajo como fuente de valor, de Adam Smith hasta Ricardo.
     Pero en los tres casos la creación resultante es de tal envergadura, y sobre todo de tal capacidad de llevar ciertas tradiciones hasta sus últimas consecuencias, que el ámbito de estudio o de creación parece estallar, liberándose flujos y energías insospechados, de manera que ya nunca la biología podrá ser igual (antes y después de Darwin), ni por supuesto la música (a partir de la gran revolución “tristanesca”), ni desde luego la economía política después de Marx.
Ésta última ha tenido que medirse una y otra vez con este Padre Fundador que está ahí, incólume, impertérrito, a modo de gran Parménides de la Modernidad más dura, resistiendo todos los envites, repeliendo todos los dardos críticos, los certeros y los insidiosos, los pertinentes y los sofísticos; incluso el peor de los dardos: el que lanzan sin quererlo los partidarios de toda especie y clase, radicales y moderados, revolucionarios y reformistas, comunistas y socialdemócratas, stalinistas y “social-traidores”.
     Y es que la herida o llaga que supo descubrir, y sobre la cual fue urdiendo su descomunal reflexión, no parece que haya remitido.
Siegue existiendo capitalismo como modo de explotación, o como forma de dominación de Unos sobre Otros; sigue existiendo capitalismo, sólo que ahora a escala mundial, planetaria, global. Y sigue habiendo, hoy como ayer, un coro de apologetas que advierten en esta forma hoy imperante de dominio del hombre sobre el hombre únicamente su carácter de cornucopia capaz de dar forma al mejor de los mundos posibles.
Se tiene la sensación de que es justamente hoy, una vez desbaratados y rasgados los velos encubridores que podían promover los socialismo reales, o también los socialismos virtuales, cuando el modelo de un capitalismo a escala mundial (hoy diríamos global), de naturaleza planetaria, desvela o descubre las mismas estructuras reales de fondo sobre las que el gran libro de Marx nos advierte; también los mismos desajustes entre realidad sustancial y modos de presentación, o las mismas contradicciones y antagonismos entre fuerzas productivas y relaciones de producción (para decirlo en el mismo lenguaje del progenitor).
Y sobre todo la misma pirámide invertida de la explotación; sólo que ahora no son pocas manos personalizadas en empresas más menos familiares, o de sociedad anónima limitada, las que habitan las altas cumbres sino, si acaso, unas cuantas multinacionales, o unos cuantos lobbies (como suele decirse), por ejemplo el del petróleo, más la pequeña sociedad de grandes estados-nación que regulan y gobiernan los intereses socio-económicos mundiales.
Y la base ya no hay que interrogarla a través de los inspectores de trabajo manchesterianos, o mediante una escenificación próxima al mundo de Charles Dickens, como es el caso de Marx en El Capital en sus célebres capítulos “novelescos” sobre la Jornada de Trabajo, o sobre Manufactura y Gran Industria, sino que se hace preciso conducir la imaginación narrativa a los “confines de la tierra” (para decirlo en términos del excelente libro de viajes de R. D. Kaplan): a los infinitos talleres del “plus-trabajo” desparramados por toda Asia, o al prescindible “ejército de reserva” que es la África sub-sahariana, dejada de la mano de Dios, o del Capital, por su carácter superfluo.
     Cuando parecen resonar de nuevo, como reclamo bélico o belicista, las trompetas del Juicio Final que culminan una de las más hermosas aventuras escultóricas de este cambio de milenio, concluida de forma expresiva y simbólica en el año 1999, el Juicio Final del gran escultor inglés Anthony Caro (que puede gozarse estos días en la casa Milá, la Pedrera, del Paseig de Gràcia barcelonés), recomiendo la lectura de este gran clásico a todos aquellos que sientan como una agresión en la propia piel cerebral el acto de cinismo, enmascarado en guerra justiciera, que nos aguarda.
Hoy, más que nunca, ese texto clásico, sobre todo leído en la lengua de Goethe (pues mucho se pierde en las traducciones existentes al castellano, o al francés), mantiene fresca su nítida forma de argumentación, su prosa magnífica, elaborada, transparente, y su enorme potencia intelectual.
En un tiempo en que parece que se prohíba bajo palabra de honor todo ejercicio de la inteligencia, en el que pensar en sentido fuerte está altamente penalizado, el reencuentro de este gran clásico puede ser motivo de gozo; del gozo que proporciona la comprensión de lo que, desde otros ángulos y perspectivas, podría parecer trágicamente incomprensible: el conocimiento crítico del mundo y de la época que nos está tocando en suerte, o en infortunio, vivir, y que nos constituye en contemporáneos.
      El modo a través del cual el autor, Karl Marx, se va aproximando al nudo argumental del texto, a su mayor genialidad, que como sucede en toda gran construcción intelectual o teórica es, también, el aspecto más problemático y discutible, me refiero a la teoría de la plusvalía, constituye uno de los tour de force más extraordinarios que se pueden recordar en toda nuestra historia del pensamiento filosófico o teórico.
La forma en que se van disponiendo los elementos con el fin de que esa teoría aparezca primero como plausible, hasta que poco a poco se vaya imponiendo como una evidencia, siempre abierta a la reflexión crítica, o a la discusión, eso es desde luego uno de los momentos textuales de mayor intensidad que he podido compartir en mi ya larga aventura de lector; de lector, especialmente, de textos filosóficos o teóricos.
      Hoy quizás, más que nunca, el desfase, el antagonismo, la contradicción entre esa forma capitalista que celebra ahora sus más radicales fastos, o triunfos, y la suerte de modos materiales, tecnológicos, creativos, que ha desencadenado, pero que también puede decirse que estrangula y cortocircuita, todo ello puede presentirse y barruntarse visitando de nuevo a este gran clásico del pensamiento, o de la literatura de conocimiento, o de la filosofía y de la gran teoría.
Por eso si alguien me preguntara cuál es el libro del año, el que más vigente y actual me parece en este año de gracia, no dudaría en responder: el Capital de Karl Marx.

EUGENIO TRIAS
Diario El Mundo
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